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8 feb 2012

PREFACIO

Me sentía atrapada en una de esas pesadillas aterradoras en las que tienes que correr, hasta que te arden los pulmones, sin poder desplazarte nunca a la velocidad necesaria. Mis piernas parecían moverse cada vez más despacio mientras me intentaba avanzar entre la multitud indiferente, pero aún así, las manecillas del gran reloj de la torre seguían avanzando, no se detenían; inexorables e insensibles, se aproximaban hacia el final, el final de todo.
Pero esto no era un sueño, y a diferencia de las pesadillas, no corría para salvar mi vida; corría para salvar la vida de algo infinitamente más valioso. En ese momento, incluso mi propia vida parecía tener poco significado para mí.
Alice había predicho que existían muchas posibilidades de que las dos muriéramos allí. Tal vez el resultado habría sido bien diferente si aquel sol deslumbrante no la hubiera retenido, de modo que sólo yo era libre de cruzar aquella plaza iluminada y llena de gente.
Y yo no podía correr bastante rápido…
… así que no me importaba demasiado que estuviéramos rodeados por nuestro enemigos, extraordinariamente poderoso. Supe que era demasiado tarde cuando el reloj comenzó a dar la hora y sus campanadas hicieron vibrar las cosas bajo mis pies - demasiado lentos – entonces me alegre de que más de un vampiro ávido de sangre me estuviera esperando en los alrededores. Si esto salía mal, a mí ya no me quedarían deseos de seguir viviendo.
El reloj siguió dando la hora mientras el sol caía a plomo en la plaza desde el centro exacto del cielo.

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